Como emprendedora he escuchado más de una vez eso de «¡qué suerte tienes!» o «¡qué bien vives!» y, la peor de todas… «¡te vas a hacer rica!»

Durante los últimos años he tenido la convicción de que “aquello que siembras, recoges”.

Quizá esta creencia la he tenido siempre, pero la estoy empezando a vivir ahora. Y es que después de más de diez años buscándome la vida y trabajando por mi cuenta, es ahora cuando vivo con la “tranquilidad” de que sé que voy a tener trabajo (he puesto las comillas porque para mí el concepto de tranquilidad es un tanto relativo, pero no encuentro otra forma de definirlo).

Me encanta leer en redes sociales acerca de otros emprendedores y emprendedoras, de sus inquietudes, de sus frustraciones y también de sus alegrías.

Me gusta formar parte de ese colectivo de idealistas que en algún momento pensamos que podríamos triunfar en nuestro sector de actividad como freelance. Como si de Amancio Ortega o Steve Jobs se tratara, creo que en el fondo todos tenemos la convicción de encontrar la “cojo-idea” que nos catapulte al “salón de la fama”, aunque se encuentre situado en la plaza de nuestro pueblo.

Y he observado a lo largo de varios años que se dan diferentes fenómenos en el entorno social del emprendedor que quiero compartir.

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Situación número 1: ¡Ya te lo dije! (desde la verdad verdadera)

Cuando alguien decide emprender, todo el mundo le dice que está loc@ y, aún así, se lanza a conseguir sus sueños.

En ocasiones, toda la ilusión y toda la energía volcada no es suficiente para que tu idea llegue a buen puerto. Los motivos son muchos y muy diferentes, pero en ocasiones este aventurero decide replegar sus alas y volver a trabajar por cuenta ajena.

Y ya estará alguien a su lado para decirle “si ya te lo había dicho, que era una locura”.

Queridos y queridas mías, si sois de los que verbalizáis estas palabras, y sé que lo hacéis desde la mejor intención, mejor guardarlas para vosotros. Porque estáis hablando desde vuestros miedos.

En ese momento esta persona necesita apoyo genuino, de ese que te dice “no te preocupes, todo saldrá bien”, porque es muy triste para un emprendedor tomar la decisión de no seguir adelante.

Situación número 2: ¡Ya te lo dije! (desde la falta de memoria histórica)

emprendimiento-suerteVolvemos al escenario del emprendedor o emprendedora que se deja las pestañas y consigue salir adelante con su proyecto. En algunos casos, con mucho éxito (que también los hay).

Y esa persona que te dijo que estabas como una cabra, ahora te dice que estaba seguro de que lo conseguirías.

En fin… Donde dije “digo”…. Esto tampoco ayuda.

Situación número 3: ¡Qué suerte TIENES!

En este caso nuestro emprendedor también ha logrado salir adelante y le va muy bien. Y ahí surge el comentario de “¡qué suerte ha tenido!” desde el no saber los festivos trabajados, los madrugones, los quebraderos de cabeza, la economía al límite y la inseguridad constante de no saber si aquello por lo que estás peleando merecerá la pena.

Y entonces un día te llegan peticiones que no has buscado, cuentan contigo para proyectos que no esperabas y parece que empiezas a tener una cierta “estabilidad” laboral.

Esto no es suerte, esto es haberlo trabajado bien. Esto es la recompensa al esfuerzo.

Decir que ha sido cuestión de suerte es casi un insulto para las personas que hemos elegido trabajar y conseguir nuestro sueño por encima de tener vida social, hijos, viajes… Cada uno lo suyo.

Y hay muchas situaciones más, tantas como emprendedores, pero quiero compartir aquí, si tienes un emprendedor o emprendedora en tu entorno, algunas claves para acompañar su emprendimiento y hacerle sentir un poco más seguro:

  1. Un emprendedor necesita escucha, no consejos (o no siempre), sobre todo si los consejos vienen de alguien que jamás ha trabajado por cuenta propia. Sólo queremos sentirnos apoyados y tener un confidente a quién contarle nuestros miedos.
  2. Un emprendedor necesita apoyo, no cargas. Que trabajemos desde casa muchas veces no implica que estemos descansando. No nos mandéis recados esperando que los hagamos.
  3. No somos ricos. Si lo fuéramos igual no habríamos elegido esta modalidad profesional. No nos pidas descuentos, porque ni Hacienda ni la Seguridad Social nos los hacen a nosotros. Y tenemos la mala costumbre de comer hasta tres veces al día.
  4. Pónselo fácil. Cuando yo llego de trabajar, tras un día infernal, encontrarme la cena hecha (lo que sea), es un regalo. Cuando no tengo que preocuparme de quién va a hacer qué, es un regalo. Cuando me dicen “ya lo hago yo, no te preocupes”, es un regalo.
  5. Ayúdale a reír, a disfrutar, a valorar y a recordar porqué hace lo que hace. Con frecuencia nos encontramos con miedos e inseguridades. Son temporales seguramente y, además, no nos ayudan a buscar soluciones a las malas rachas. Llévale a ver una peli de risa (si le invitas, mejor 😉 ), pásale un libro con el que no haya que pensar, para que vea que no está sol@ y que emprender también puede ser divertido.
Emprender es una aventura y muchas veces también lo es para el entorno del emprendedor, esas personas que no habiéndolo elegido, forman parte de esa red de seguridad o inseguridad, ¿a qué red quieres pertenecer tú?

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