Dieta milagro: Operación post-torrija

Hoy he decidido escribir sobre mi dieta milagro: “La operación post-torrija”.

Decidí llamarla así tras mi decisión, tras la cuarta o quinta torrija de Semana Santa, de que no podía seguir no-cuidándome. No se me ocurre otra forma de describirlo.

Contexto:

operacion-post-torrijaLlevo desde que era pequeña (muy pequeña), haciendo dietas de todo tipo (de las de milagros y de las de comer poco), ya que mi tendencia natural es coger peso… No por las hormonas, ni por la genética (que tampoco ayuda), sino porque me gusta comer y no me gusta moverme.

Vamos, una combinación del todo nefasta.

Cuando di a luz a mi hija me quedé con muchos kilos de más y decidí acudir a uno de esos centros que te “ayudan” a perder ese peso extra con sesiones gratuitas… Y complementos alimenticios de lo menos económicos.

Pero he de reconocer que me fue muy bien. Perdí hasta 14 kilos, ¡un éxito! Aunque me quedé a seis de lo que yo había marcado como objetivo. Y, por supuesto, volví a coger uno tras otro casi todos los kilos.

Y entonces… ¿qué?

En estos nueve años he seguido una dinámica que no me iba mal del todo.

Por mi trabajo, como muy a menudo fuera de casa y, además, viajo bastante, por lo que la comida es comida, desayuno y cena fuera de casa.

COACHING-RECICLAJE-PROFESIONALLlegado el verano, baja el volumen de trabajo y me apunto al gimnasio. Me doy mis palizas en las clases colectivas, contrato entrenamientos personales y vuelvo a bajar. En una de estas ocasiones bajé hasta ocho kilos, ¡otro éxito!

Pero llegado el invierno, vuelve la pereza, el exceso de trabajo y la mala alimentación.

Quiero compartir cómo funciona mi cerebro en estos casos porque aunque se ha escrito mucho sobre ello, creo que aún hay mucha gente que no es consciente de ello: mucho trabajo significa para mí muchas horas fuera de casa.

Y esto conlleva un sentimiento de culpabilidad de lo más grande (ya hablé de la culpa en otro post ), que se traduce en el siguiente pensamiento “vaya un asco de madre, que está poco tiempo con su hija y, encima, cuando estoy ¡estoy cansada!” y cualquiera de sus derivados.

Esto lleva a buscar un consuelo, una recompensa o una excusa:

LA COMIDA

operacion-post-torrijaY llego a casa un viernes por la tarde, después de una semana demoledora y lo que me apetece es cenar jamoncito del bueno, con buen queso y un vinito en compañía de mi pequeña familia.

Suma esto con las chocolatinas que compré en el aeropuerto cientos de veces, las cinco veces que he llegado a desayunar muchos días con la excusa de haber madrugado mucho, las cenas tardías… Y, repito, la falta de movimiento.

Porque, por supuesto, estoy agotada toooodo el tiempo.

Creo que más de uno y más de una ya se ha hecho una idea de lo que estoy hablando. De verdad, el que no lo ha vivido, no sabe lo que es.

Y van pasando las semanas de invierno y voy consolándome pensando “si el año pasado perdí ocho kilazos, este año puedo perder más”. Pero no los perdí…

Y al año siguiente tampoco. Y el año pasado, que se casaba mi prima y me quería meter en un precioso vestido (que me compré cuando perdí los ocho kilos), sólo perdí cuatro.

Y me fui de vacaciones y los volví a coger. Drama total.

Y he pasado todo el invierno con un entrenador personal que me daba la excusa perfecta (bueno, no él, sino yo), para poder comer…. Porque lo había quemado.

Y es verdad, porque me he mantenido estable en un peso de lo menos saludable.

Y tras pasar este largo invierno, enfadada conmigo misma, sin sentirme feliz, viviendo en la esquizofrenia y la incoherencia de decir a todo el mundo “Si no te gusta dónde estás, muévete que no eres un árbol”, llegó la Semana Santa.

Y me “regalé” el inmenso placer de comerme una torrija. Me auto-convencí de que sólo me comería una, pero luego me voy de comida con unos amigos… Y cae otra de postre. Y así hasta cuatro o cinco (perdí la cuenta).

Y fue entonces, cuando pasé la barrera psicológica de mi peso máximo, que dije:

“Hasta aquí”

Y me puse a plan. A un plan que consiste en comer menos, más sano, no ponerme excusas y hacer más ejercicio. Y funciona.

¿Cómo funciona?

No estoy haciendo dietas milagro. De hecho, celebré como todo el mundo la final de la Champions, el día de la madre y lo que haga falta, pero con mesura.

No he descubierto el fuego, sólo me he hecho consciente de mi misma. Y cuando tengo días en los que me paso, al día siguiente cuido más lo que como y hago más ejercicio.

No me gustan las ensaladas, no soy fan de la mayor parte de las verduras. El secreto es aceptar esta realidad y asumir que son necesarias para mi cuerpo. O asumir que voy a comer muy parecido todos los días. Pollo, pavo, pescado, espárragos, brócoli, berenjena, alcachofas…

Y así día tras día. Que no se me olvida la avena del desayuno (con miel, que me quita así el “mono” de dulce) y el té (verde, negro o rojo, depende del día).

Empecé el 17 de abril y llevo diez kilos menos. Me canso menos al hacer ejercicio, me cuesta menos salir a caminar o correr algún kilómetro. Cada vez tengo menos hambre (que la sigo teniendo, no me he vuelto loca), porque antes no tenía hambre, tenía ansiedad.

Me permito comerme un helado de una bola, pero no una tarrina grande de Häggen-Dazs. Me he comprado algo de ropa para celebrarlo, porque esto hay que celebrarlo, pero ya no lo celebro con comida. Y me siento más feliz.

Ahora tengo otro reto por delante, perder los otros diez que me sobran. Sé que lo voy conseguir, porque tengo lo necesario: un compañero de viaje que me motiva y confía en mí, un entrenador que me da mucha caña (¡gracias Emilio!), motivación para seguir moviéndome y peleando (en el gimnasio Colmenar Box es donde suelto todo el estrés), y el pleno convencimiento de que SOY CAPAZ.

Y tú, ¿de qué eres capaz?

 

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