De responsabilidades, obligaciones y otros deberías

Las personas tendemos a hablar sin ser conscientes de lo que realmente encierran nuestras palabras. De hecho, aprendemos a hablar en base a lo que escuchamos en nuestro entorno. No sólo las palabras, sino los contextos en los que se pronuncian, las valoraciones que con dichas palabras se hacen sobre una situación, una persona o un objeto. Aprendemos a valorarnos a través de las palabras que se refieren a nosotros. Y creamos nuestro mundo, nuestra perspectiva vital, en torno a estas verbalizaciones.

En mis sesiones de coaching escucho con frecuencia expresiones como “debería ser más organizado…”, “tengo que acercarme más a mis compañeros…”, “tengo la obligación (ahí es nada) de ser consecuente con la educación de mis hijos”…

En ocasiones, incluso, entro en debate con personas de mi entorno familiar y social acerca de la tendencia a expresar en forma de “tengo que…”, aún cuando se están refiriendo a deseos u objetivos personales.

No somos conscientes de la obligación que encierran las expresiones “tengo que…” y “debo…”. Es por ello que he decidido dedicar unas líneas a realizar una reflexión acerca de ellas.

En primer lugar, quiero hacer una diferencia entre lo que se considera  una obligación, una responsabilidad y un deseo.

La obligación es algo que hacemos “porque no nos queda más remedio” (disiento, siempre hay una opción alternativa, pero la consecuencia quizá no nos agrade). Son las cosas que “tenemos” que hacer. Una obligación, por ejemplo, es pagar los impuestos. Cuando pago el impuesto de circulación, no suelo hacerlo desde el deseo, “quiero pagar”, sino desde la obligación como conductora. Sin embargo, puedo convertir esta obligación en una acción sin connotación, “voy a pagar”. Podría elegir no hacerlo, pero no estoy interesada en recibir una sanción por ello. Así que “voy a pagar el impuesto de circulación”, que es una obligación para mí si quiero seguir conduciendo y no recibir una multa. La obligación no necesariamente es un “castigo”, y cuando la verbalizamos desde la acción, deja de ser la losa del “tengo que…”.

Castigo

La responsabilidad es una actividad o situación sobre la que tengo una capacidad de respuesta (“Respons-abilidad”, habilidad para responder). Por ejemplo, una responsabilidad es cuidar de mi hija. No “tengo” que cuidar de ella, sino que es mi responsabilidad como madre. Tampoco es una obligación, elijo hacerlo. Y disfruto de ello, porque tengo las habilidades para hacerlo. En nuestra vida tenemos muchas responsabilidades, algunas elegidas de forma consciente y directa (tener hijos, mascotas, compromisos sociales…), y otras no tan conscientes (en el trabajo, con nuestra familia y amigos…). Cuando las asumimos desde el “debería de…”, se convierten en obligaciones, pierdo la sensación de poder elegir y se convierten en otro castigo autoimpuesto.

Y, por último, los deseos. Los deseos son aquellos objetivos que nos gustaría conseguir como, por ejemplo, dejar de fumar, aprender idiomas o hacer más ejercicio. Lo queremos conseguir pero nos auto-boicoteamos formulando el deseo…. Efectivamente, desde un “tengo que…”: “tengo que dejar de fumar”, “tengo que mejorar mi inglés” y “debería hacer más ejercicio”. Es por este motivo que muchos de nuestros objetivos van quedando arrinconados en un cajón olvidado de nuestra memoria y lo consideramos como un imposible. La realidad es que es muy posible, sólo hay que formular bien lo que quiero conseguir y… “las estrellas se alían” (ya hablaré de esto en mi próximo post).

Bueno, y después de “taytantos” años hablando en “debería…”, ¿cómo puedo hacer para modificar mis verbalizaciones?

El primer paso, hacerte consciente. Un ejercicio que suele funcionar es hacer lo que hacen los estudiantes con un/una docente que tiene una coletilla constante: apuntar cada una de las veces que pronuncias “debería de” o “tengo qué”, como expresión de una obligación.

Una vez que estoy siendo consciente de mis expresiones, sólo hay que buscar una alternativa en forma de deseo y/o (mejor incluso), de acción: “quiero…”, “voy a…”. Cuidado con las verbalizaciones en formato condicional: “me gustaría…”, estoy dejando la acción en manos de los astros y, siendo sincera, si tú no te mueves, los astros no lo van a hacer por ti.

A partir de aquí, es un trabajo constante de mantener la consciencia y mover tus intenciones a las acciones.

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