A lo largo de mis años de experiencia como formadora, coach y consultora de desarrollo de habilidades, una de las preguntas que más he escuchado es “¿y quién me motiva a mi?”, especialmente cuando estoy impartiendo una formación para mandos intermedios.

Es curioso cómo además nos enfocamos en la motivación material (una subida salarial, un coche, un Smartphone…), cuando cada día tenemos la oportunidad de dar motivación absolutamente gratuita… Bueno, gratuita no, porque tengo que hacer el esfuerzo de darme cuenta, y esto, a veces, tiene un precio.

Muchas veces la motivación está íntimamente relacionada con la autoestima, con esa visión de mi misma desde una perspectiva de capacidad, de buen-hacer. También esto me permite tener una ilusión clara hacia el objetivo, porque mi creencia es la de tener la posibilidad de alcanzarlo. Y sin embargo, la autoestima es una gran olvidada, porque no es tan visible a los ojos de un jefe/líder/responsable… y porqué no, padre/madre/profesor/amigo/compañero…

Y me meto de lleno en el asunto que me ocupa. Las caricias no sólo se pueden dar con las manos (que también, y suelen ser agradables dependiendo de quién te las dé), sino que también pueden ser caricias desde la palabra y desde las acciones.

Una caricia positiva verbal es aquella que te reconforta, que mima tu autoestima, que te hace ser importante para otro o te devuelve un aspecto agradable de ti mismo del que no eres consciente: eres un gran profesional, me gusta cuando te siento cerca, siento que me proteges cuando lo necesito, disfruto con tu sonrisa, has hecho un gran trabajo, gracias por contar conmigo,… A veces pueden resultar cursiladas pero… ¡Qué va! Son cursiladas si las sacas de contexto, pero a todos nos gusta que nos reconozcan.

Y también, como decía, para mí hay caricias desde las acciones. Esas caricias son los detalles que otra persona tiene hacia mi, desde el amor y/o el respeto, y que me hacen ver lo que otra persona me valora o me tiene en cuenta. Por ejemplo, cuando recibo un abrazo sin pedirlo, cuando me arropan si estoy dormida y me estoy quedando fría, que me hagan el desayuno/comida/cena (especialmente cuando llego tarde de trabajar), que me escuchen si estoy pasando por un mal momento…

De estas parece que me salen menos ejemplos en el trabajo, pero también son caricias cuando alguien me trae un café y estoy tan concentrada que no he levantado la mirada del portátil en cuatro horas, cuando otra persona me echa una mano sin pedirlo…

Tengo la sensación de que estoy en un tipo de sociedad en el que hay personas que están más dispuestas a la discusión que a entablar una conversación, o que están más centrados en su problema que no valoran las soluciones que otros puedan aportar… Luego hay momentos en que tropiezo con personas amables, que me regalan una sonrisa o que me demuestran que soy importante para ellos con un simple Whatsap.

Y desde hoy propongo un reto: sonreír más a menudo, ofrecer caricias positivas a otros cada día y poner en valor las que yo recibo. Porque el mundo es del color que yo decido, y elijo ver un arcoíris cada día, ¿te apuntas?

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